sábado 25 de julio de 2009

Natura Morta. (A propósito de un libro raro)

Con melocotones blancos y un ramo de retama roja, un viejo corrió tras una mujer disminuida, que cojeaba hacia una entrada de metro de la Stazione Termini y que, en una bolsa de plástico transparente, entre verdura fresca, había metido la Cronica Vera…”

Así comienza Natura Morta, la novela de Josef Winkler (Kamering, Austria, 1953), el último y casi único de los grandes escritores austriacos contemporáneos, conjuntamente con Thomas Berhnard, Peter Handke o Elfriede Jelinek, el último de los antipatrias, que ha cambiado la exaltación banal de las virtudes austriacas, empantanadas y silenciosas, por el reflejo de la mezquindad y el desaliento que asola a los habitantes de su país, de Europa, del mundo. Winkler, que se considera discípulo de Wilde, Genet y Passolini, ha recibido en más de una ocasión los honrosos epítetos de provocador, necrofílico y blasfemo. Teniendo en cuenta la fuente de origen de las ofensas, sectores bastante rígidos en los que se dan la mano críticos, periodistas y algunos autores de segunda fila favorecidos por el estatismo, la injuria se trueca en elogio y la posible derrota en victoria.

Sólo unas pinceladas para presentar este libro y recomendar su lectura. No tiene mucho sentido llenar cuartillas y cuartillas de un libro que pocos conocen, dada su escasa difusión, cosa que suele suceder en nuestros tiempos, o en todos los tiempos, con obras verdaderamente interesantes. Josef Winkler, que como diría de él Günter Grass, “no sólo escribe sino que vive para escribir”, amante de las frutas, los mercados y la carne humana viva, es un autor marcado por el eros y la fatalidad. Su novela, de excepcional brevedad, y he ahí su primer acierto y también la primera rebeldía evidente de su autor (no le interesa llenar folios y folios con notas inservibles que no servirían ni para envolver pescado), se inspira en las naturalezas muertas de los pintores flamencos e italianos del siglo XVIII y en la vida de un mercado romano cercano al Vaticano para narrar un día en la supervivencia de este mercado y en las vidas de algunas de las criaturas que pululan por allí entre gallinas muertas, frutas sanas y podridas, ramos de flores, cabezas de ovejas, ramilletes de pescados y una diversidad pasmosa de sensaciones y entresijos en los que el eros grita a través de los desgarrones de la descomposición. Como plantea el propio Winkler; “Busco crear una erótica en tiempos difíciles. He preferido las miradas antes que el tacto. El coqueteo antes que la frase directa, muerta”. Lo del coqueteo es obvio. En Natura Morta hay una especie de pudor provinciano sazonado con la lujuria del mercado, sus carnes y sus legumbres.

El autor intenta escamotear la sexualidad detrás de los sostenes rosados que penden de los puestos y las lenguas de vaca, convirtiéndola en carrera, en respiración entrecortada, en pregón, en canto. En lo referente a la primacía de la mirada sobre el tacto no es tan sutil, aunque con sus declaraciones pretenda pasar por alto la obviedad de ciertos pasajes, y entiéndase esto como elogio, no como defecto; en una de las páginas más sugestivas del librito, el gordo Frocio, propietario de un puesto de pescado, mete una de sus manos “en los pantalones del joven, entre las nalgas”, y frota, “su barba hirsuta contra la mejilla suave y cubierta de pelusa del muchacho”, ese Piccoletto de largas pestañas, el hijo de la vendedora de higos, que nos conducirá por el mercado y por la plaza del Vaticano hasta llegar al cementerio en donde será enterrado al final de un día matizado por los hedores, las fragancias florales, el sudor de los turistas con sus pantalones de papel, la lluvia y el coche de bomberos que lo arrolla, matándole en el acto. Concluye así una aventura de un día en el que el lector se asoma a un hervidero de vida y muerte, de sal, flores, campanazazos y artesanías religiosas.

El final de la novela conmueve por su dureza; el gordo y vulgar Frocio, cargando un ramo de retama ropja, vaga por el cementerio maullando y murmurando una y otra vez: “Buona notte, anima mía!”:
No nos abochorna desvelar el final de la trama, está insinuado desde el principio y, como en casi todas las grandes obras de la literatura, la sorpresa viene dada por la literatura misma, por el cómo y no por el qué. Evidentemente, a Josef Winkler no le interesa la literatura prefabricada producida para el uso y abuso de las masas lectoras, que creen leer mucho y no leen nada, y que sólo esperan que el escritor les devuelva la imagen de lo que quieren ver reflejado en su espejo del mundo. Winkler escapa de esta cursilería ilustrada para adentrarse en terrenos más ásperos, mucho más cercanos a la rusticidad y a la naturaleza soberbia y mutante que a las ideas preelaboradas de la belleza o la sensualidad, esas ideas bonitas, agotadas ya con tanto héroe barato y con tanta figurita estilizada que ni huele ni apesta. No es un autor argumental, es un escritor sensorial, el argumento es un pretexto para desbordar el colorido. Natura Morta. apuesta por redescubrir la sensualidad ya que todo va muy de prisa. Al decir de su autor; “Se han extraviado las casualidades y los encuentros fortuitos ya no existen”. Tal vez no existan para los que no quieran verlos, o para los que no quieran arriesgarse en los abismos de la sensualidad…
Sucede que al propio Winkler, como a tantos autores contemporáneos, se lo tragan la decepción y la melancolía de su propia vida, marcada por una infancia pueblerina “en una sociedad sin habla, en un pueblo prácticamente sin habla”- esto despertó, paradójicamente, su interés por el lenguaje-, entristecida por ocho años de monaguillo más interesado “en lo que ocurría detrás del pulpito”, y por el temor a la muerte; a lo largo de estos ocho años asistió a innumerables funerales que le hicieron nacer “su enfado contra Jesús”, mientras el cura de la iglesia le preguntaba si había jugado detrás del púlpito con su miembro viril…
Natura Morta intenta exaltar la sensualidad, lo mejor del hombre, sin lugar a dudas, y rinde homenaje a esos autores que marcaron a rojo vivo el lomo de la literatura, Dostoievski, Genet, Mishima, Gide, entre otros injustamente silenciados pero que ahí están, por suerte, para los ratones de biblioteca.
Novela de la desesperación y el agotamiento, atrapa de un soplo el espíritu encerrado del hombre contemporáneo, que añora un mundo desenfrenado, nudista y sensual, en el que la carne y la sangre no sean sustituidas por figuras plastificadas, en el que no existan ni el sida ni las ideas preconcebidas de cómo deben comportarse los hombres y las mujeres, en el que el placer y el retozo constituyan el eje alrededor del cual gire la vida y no la política, la fiebre del consumo (que no genera delirios creativos sino destructores), o el afán desmesurado de conquista.

¡Ah, utopía de los desenfrenados!¡Fantasía de los erotómanos! ¡Delirio de los sensualistas! Al menos nos quedan los libros, algunos mercados con sus naturalezas muertas y la oscuridad.

Por Ernesto Santaclara

Josef Winkler

Considerado uno de los mejores escritores en lengua alemana de la actualidad, Josef Winkler (Kamering, Carintia, 1953) es autor de una obra ingente, ampliamente reconocida, dura y de marcado componente autobiográfico. Bajo el sello Galaxia Gutenberg se han publicado Natura morta (Galaxia Gutenberg, 2003), por la que recibió el premio Alfred Döblin en 2001, y Cuando llegue el momento (Galaxia Gutenberg, 2004), que fue reconocida como la mejor novela extranjera por la revista Lateral.