martes 7 de julio de 2009

Gombrowicz, el hechizado

(A propósito de Los Hechizados, una novela nacida del ansia de reconocimiento de un escritor único, Witold Gombrowicz, a quien debemos mucho o nada). por Ernesto Santaclara

Primero, una anécdota contada por el propio autor:
“Cuando estuve en Berlín hace cuatro años, me invitaron a una escuela de escritores; y me pidieron que pronunciase un discurso. Dije: Lo primero que tienen que hacer, si es que quieren ser escritores, es salir de aquí por las puertas o por las ventanas, de igual, pero huyan enseguida, porque no se puede aprender a ser escritor y no se les puede dar consejo alguno, como tampoco se puede dar instrucción a un escritor. El escritor no existe, todo el mundo es escritor, todo el mundo sabe escribir. Si se escribe una carta a la novia, se hace literatura, siempre es lo mismo. Por lo tanto, pensar que la literatura es una especialidad, una profesión, es una inexactitud. Todos somos escritores. Hay personas que no han escrito en su vida y, de golpe, hacen una obra maestra. Los otros son profesionales, que escriben cuatro libros al año y publican cosas horribles”. Gombrowicz.

Ahora, todo lo demás…
Los Hechizados, una broma amarga
Publicada por entregas en dos periódicos polacos, entre el 9 de junio y el 30 de agosto de 1939, Los Hechizados no se imprimió con la firma de su autor, Witold Gombrowicz, sino bajo el seudónimo de Z. Niewieski. Lógico. Un autor como Gombrowicz, un rebelde enemigo de las instituciones literarias, la estulticia y la falsedad artística, esa “artificialidad” tan común y corriente en muchos que se creen literatos, y, lo que es peor, que se autodenominan así, no daría su brazo a torcer confesando la autoría de Los Hechizados, obra de fácil acceso incluso para “taxistas y verduleras”, novela cómoda por su manejo de tópicos aceptados por el vulgo: la chica rebelde, el joven arribista, el villano codicioso, el castillo embrujado, el tesoro oculto, los fantasmas, la niebla, el pantano, el crimen... ¡No. Nunca! El autor de Ferdydurke –obra capital en la literatura del siglo XX- no reconocería públicamente su atracción por lo ordinario, por lo dócil, por lo comprensible a golpe de vista.

En la nota del editor del tomo XI de las obras de Gambrowicz –Wydawnictwo Literackie, 1994- el estudioso Jerzy Jastfzebski escribió lo siguiente: “Gombrowicz observó, no sin cierta admiración y envidia, cuán fácilmente los asiduos a los salones de Mostowicz conquistaban a los lectores, fabricando decocciones literarias que se subían a la cabeza de casi todo el mundo: desde las cocineras hasta las señoras de la casa y desde la portera hasta los industriales. Era todo un reto para un autor que en tan alta estima se tenía. “¿Cómo es esto? ¿Acaso yo –se supone que alguien ‘mejor’- soy incapaz de escribir algo así?” [...]
No quedaba otro remedio: había que “medirse con el pueblo”, poner a prueba la pluma en un combate con el lector común y corriente. El factor económico también desempeñó su papel: después de la muerte de su padre, a Gombrowicz no le sobraba liquidez y los honorarios no eran nada despreciables. Iban a convertirse en campo de batalla el popular periódico vespertino Buenas noches y, paralelamente, el Exprés Matutino de Kielce-Radom. Su aventura literaria con la cocinera “la llevó a cabo Gombrowicz a escondidas, ocultándose tras el seudónimo de Zdzistaw Miewieski”.

Gombrowicz sucumbió a la necesidad de reconocimiento y admiración que ataca a muchos escritores (nuestro tiempo está saturado de ellos, ya no les basta con basta con escribir y hacerlo bien, hay que gozar del éxito). Quiso degustar, aunque fuera en secreto, del somnífero del triunfo. Y lo hizo. Los Hechizados fue leída con arrebato por taxistas, verduleras y por damas que presidían encumbrados círculos literarios; algunas se atrevieron a decir que leyendo Los Hechizados, de Niewsiski -personaje al que no habían visto nunca, pero ya saber el nombre del autor que no daba la cara era suficiente para opinar- se notaba la estupidez de Ferdydurke, de Gombrowicz. ¡Basta un breve fragmento de Ferdydurke! –y no puedo sustraerme a su hechizo por lo tanto lo comparto con los lectores- para corroborar la estrechez de opiniones:

“¡Oh, el papel, el papel, oh, la letra, la letra! Y no estoy hablando aquí de los dulces, tibios juicios familiares de nuestras tías queridas; no, quisiera referirme más bien a los juicios de otras tías; las tías culturales, aquellas numerosas semiautoras que expresan sus juicios en los periódicos... ¡Tía, tía, tía! ¡Ah, quién no se vio llevado nunca al taller de la tía cultural y no fue operado por esas mentalidades trivializantes, y que privan de vida a la vida! ¡Cómo envidiaba a aquellos literatos, sublimados ya desde la cuna y evidentemente predestinados a la Superioridad, cuya alma ascendía sin cesar, como si alguien con una aguja les pinchase las asentaderas, escritores serios que se tomaban sus almas en serio y quienes con facilidad innata, con grandes sufrimientos creadores, operaban dentro de un mundo de conceptos tan elevados y para siempre consagrados que casi el mismo Dios les resultaba vulgar e innoble! ¿No será cierto que cada uno es artista? Cuando la doncella se pone una rosa, cuando en una charla amena se nos escapa un chiste jocoso, cuando alguien se confía al crepúsculo, todo eso no es otra cosa sino arte. ¿Para qué, entonces, esa división tremenda? Ah, yo soy artista, yo creo el Arte, sí, más conveniente sería decir con sencillez: yo, quizás, me ocupo del arte un poco más que otras personas”.

Durante la guerra, el manuscrito de Los Hechizados cayó en el olvido y sólo en el año 1973 fue incluido en el volumen Varia, publicado por el Instituto Literario de París, como una obra incompleta: le faltaba el FIN. En 1986 se encontraron, en una colección particular, los tres últimos capítulos que se habían publicado en las primeras semanas de la guerra.

Muchos taxistas, cocineras, vendedores de periódicos, empresarios esnobistas y señoritas de su casa amantes del misterio y la inseguridad romántica fueron exterminados salvajemente durante la guerra y partieron sin que les fuera desvelado el misterio del castillo de Mystlocz, con su príncipe loco y su servilleta temblorosa, o sin conocer el destino de la pareja principal, Maja y Leszcuck, enfrascados en una relación violenta y malvada. Otras generaciones tuvieron la fortuna de conocer el final de la historia, y la verdadero identidad de su autor, otros hombres leen hoy la novela y ven reflejados en sus páginas los rostros de miles de polacos a los que les fue negado el placer de la lectura y de la existencia. Desde Argentina, adonde Gambrowicz había ido por una breve temporada y en la que se quedó veintitrés años, el autor de Los Hechizados lamentó el fracaso de su broma, de su ‘traición’ a la alta literatura, de su pedante ejercicio de superioridad.
Novela gótica, el autor pesca con su anzuelo en el pantano de la tradición fantasmagórica. En la organización de la información, en la ubicación de los sucesos dentro de la trama, en el encadenado de acciones y en el tratamiento de los personajes regidos por el mal, la irracionalidad y la autodestrucción, es donde Gombrowicz gana la batalla a la medianía matizando una vieja historia (vieja por el manoseo de sus principales ingredientes) con dos condimentos nuevos y peligrosos para la solemnidad de la narrativa gótica: el frenesí y lo grotesco.

Paul Kalinine, responsable de la edición de Los Hechizados, de Seix Barral, dice: “Oposición entre individuo e historia, forma y personalidad. Sobre naturaleza del bien y del mal, sobre la anfibología humana, los perversos secretos del erotismo, la fatalidad y el crimen, Gombrowicz pasea las extrañas iluminaciones de sus crepúsculos sin fin, de sus claros de luna, de sus llamas vacilantes y de sus fluidos espiritistas”.

Leída con esmero, y con conocimiento de la vida del autor, Los Hechizados deviene ejercicio autobiográfico pues absorbe tradiciones históricas y culturales de Polonia así como paisajes y personajes que marcaron la infancia de Gombrowicz: la casa solariega de su abuela materna, el tío demente que vagabundeaba en la noche balbuceando frases, los buceos del escritor en los documentos familiares, amontonados por su abuelo, que dieron origen a su primer ensayo literario.

“Al mismo tiempo, la locura, la decadencia, el renunciamiento de la nobleza a su papel histórico, ese gran abandono en que se complacía, definen la representación mítica que Gombrowicz se forja de Polonia: tierra hamletiana de la autodestrucción, donde el humillado triunfa sobre quien le humilla, humillándose aún más ante él”. (Paul Kalinine. Prólogo, Los Hechizados, Editorial Seix Barral. Biblioteca Gombrowicz)

Cabe apuntar que el folletín se disfruta, que sus altos contrastes y sus impulsos demoníacos (sobre todo en la primera parte, hasta el final del capítulo 12, en el que el secretario descubre la pared escrita con los pedazos de cartas del príncipe loco al desaparecido Franio) tienen aún la capacidad de sorprendernos, aunque no hay que dejar de reconocer que ciertos guiños al miedo resultan ingenuos aún en su carácter paródico. Gombrowicz se burla de los fantasmas. Incapaz de transmitir un miedo que no experimenta, transmite otras emociones, piedad, rechazo al pasado, pues este puede ser testigo de la decrepitud del presente, sensación de claustrofobia, de fatalidad, de escarnio, de malicia.

“Negamos la belleza clásica, la belleza perfecta, y buscamos la belleza inferior, la belleza imperfecta”. Gombrowicz.
Visionario y febril, erótico y salvaje, Witold Gombrowicz nos entrega con Los Hechizados un retazo de noche, una partícula de su temperamento egótico y ácido, un puñado de eternidad.
Por Ernesto Santaclara
Ficha del Autor.
Witold Gombrowicz
Escritor polaco nacido en Maloszyci. Hijo de un rico abogado y terrateniente, estudió en una escuela católica y se licenció en Derecho por la Universidad de Varsovia. Residió en París durante tres años y en 1929 volvió a Polonia, donde frecuentó las tertulias literarias. En esta época se publican sus primeras obras: una colección de cuentos Memorias de la inmadurez o Bakakai (1933), la obra de teatro La princesa Yvonne de Borgoña (1938), y las novelas Ferdydurke (1937) y Los Hechizados (1939). La guerra le sorprende en Argentina y decide quedarse en este país. Allí colabora con Radio Free Europe. Sus textos se recogen en los libros Recuerdos de Polonia, Peregrinaciones argentinas y en la revista polaca Kultura, publicada en París. En esa época escribe buena parte de sus mejores obras, como la pieza teatral El matrimonio (1953), su Diario argentino (1957) y las novelas Trasatlántico (1953), Pornografía (1960) y Cosmos (1965).

Su exilio en la Argentina se prolonga durante veinticuatro años. Allí vivió como pudo, escribía para algunos diarios argentinos con seudónimo, jugaba ajedrez y tuvo algunos encuentros felices con el cubano Virgilio Piñera y poco afortunados con Jorge Luis Borges.
En Polonia es víctima de la censura con que se distinguió el régimen comunista, censura que sólo fue levantada en el breve período de 1957 y 1958. Por esta razón tarda en ser un autor conocido en Occidente. En 1963 se traslada a Berlín, invitado por la Fundación Ford, pero un año después el asma le obliga a instalarse en Vence (Francia), donde fallece en 1969.

EDITORIAL SEIX BARRAL, S.A. 2003
13.0x23.0 cm 448 pags
Lengua: CASTELLANO Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788432227684
Colección: Nº Edición:1ª Año de edición:2003
Plaza edición: BARCELONA
20.00€