martes 28 de julio de 2009

Con la Sombrilla de Jung y Yamashita

Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciendo consciente la oscuridad».
«Lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino».


Jung utilizó el término Sombra de dos modos diferentes:

Por un lado, se podría definir como la totalidad de lo inconsciente. En otros términos, del mismo modo que el creador del Psicoanálisis definiría inicialmente el inconsciente como todo aquello que recaería fuera de la consciencia, aquí

Jung mantendría el mismo postulado pero aplicado claro está a su propio corpus teórico que como sabemos añade un componente colectivo más amplio que lo meramente personal.
Y en segunda instancia, como el aspecto inconsciente de la personalidad caracterizado por rasgos y actitudes que el
Yo consciente no reconoce como propios.
Sería la parte inferior de la personalidad, la suma de todas las disposiciones psíquicas personales y colectivas que no son vividas debido a su incompatibilidad con respecto a aquella potencialidad que hemos encumbrado como reina de nuestra consciencia. Debido a esta escisión vital, y en contrapartida a la delimitación consciente, lo restante también deviene autónomo en lo inconsciente. Consecuentemente a dicha maniobra será la apertura inacabable del carácter ambivalente de lo inconsciente, pudiendo constituirse tanto en el recuerdo antagónico de lo faltante como en el alivio compensatorio de lo necesario.


A diferencia del
Ánima y del Ánimus, donde sus correspondientes figuras oníricas tienen diferente sexo que el soñante, aquí la sombra se caracterizaría por su concordancia.
A nivel del
inconsciente personal la sombra pertenece al Yo. A nivel de lo inconsciente colectivo representa un arquetipo autónomo, y por tanto independiente del Yo fáctico.

Dado que la sombra representa nuestros impulsos más primitivos, nuestra faceta instintiva animal como sumatorio de todo nuestro pasado evolutivo, las dificultades vitales encontradas generalmente en hombres y mujeres pueden deberse:

O bien a una omisión o supresión de la sombra, imposibilidad que degenera en una revuelta de aquello que se pretende eliminar.
O por el contrario, y desde el otro extremo, a una
identificación con el arquetipo, con lo que el Yo queda a merced de la tempestad de lo inconsciente como el resquebrajado muro de una presa ante el desbordamiento del embalse que pretende vanamente contener.

De ahí que como parte fundamental de toda analítica se retome la sana virtud de volver al punto medio entre dos extremos: en este caso, el devenir consciente de la sombra.

«La figura de la sombra personifica todo lo que el sujeto no reconoce y lo que, sin embargo, una y otra vez le fuerza, directa o indirectamente, así por ejemplo, rasgos de carácter de valor inferior y demás tendencias irreconciliables».
C. G. Jung, Bewusstsein, Unbewusstes und Individuation, Zentralblatt für Psychotherapie, 1939, pág. 265 y s.

«La sombra es...aquella personalidad oculta, reprimida, casi siempre de valor inferior y culpable que extiende sus últimas ramificaciones hasta el reino de los presentimientos animales y abarca, así, todo el aspecto histórico del inconsciente...Si hasta el presente se era de la opinión de que la sombra humana es la fuente de todo mal, ahora se puede descubrir en una investigación más precisa que en el hombre inconsciente justamente la sombra no sólo consiste en tendencias moralmente desechables, sino que muestra también una serie de cualidades buenas, a saber, instintos normales, reacciones adecuadas, percepciones fieles a la realidad, impulsos creadores, etc.». C. G. Jung, Aion, 1951, pág. 379 y s.

Fuente: Wikipedia